Un grupo de niñas chilenas. Según los publicistas nacionales, por lo menos.

Hace un par de semanas, un grupo de lo que voy a llamar niños tocó la puerta de mi casa. Cuando les abrí, en vez de pedirme que participara en una rifa o algo por el estilo –como me temía– me hicieron una pregunta que me dio un poco de pena:

Disculpe, caballero, pero ¿vive algún niño aquí?

¡Puchas! No tenían con quién jugar, y estaban tan aburridos que iban de puerta en puerta en busca de compañeritos. Lamentablemente, tuve que decepcionarlos con un algo avergonzado no. Fue entonces que una de las niñas del grupo, de unos 6 ó 7 años de edad, me hizo otra pregunta:

Y ¿no habrá alguna niña?

Debo confesar que me reí un poco –¡ojalá que no me haya malinterpretado la pobre niña!– pero detrás de esta pregunta inocente hay un fenómeno lingüístico interesante.

 

La abogado del diablo

Desde hace algún tiempo, se ha estado luchando contra ciertos fenómenos de la lengua castellana que cada vez más personas consideran sexistas. El uso de sustantivos masculinos singulares para referirse a mujeres que ejercen determinadas profesiones y ocupaciones —la alcalde, la concejal, la abogado, la juez y cosas por el estilo– probablemente constituyó el primer frente de la batalla.

Estas construcciones tienen su origen en la realidad social de antaño: por mucho tiempo sólo había alcaldes hombres, concejales hombres, abogados hombres y jueces hombres, de modo que la gente estaba acostumbrada a escuchar sólo las versiones masculinas de tales sustantivos. En ese contexto, la palabra abogada era tan insólita como lo es todavía la palabra embarazado, y no se escuchaba por la misma razón: no existían referentes en la realidad que hicieran necesario su empleo.

Ejem.

Pero con el correr de los años, las mujeres empezaron a ingresar a estas profesiones, ocupaciones y cargos, y en consecuencia surgió la necesidad de hablar de la presidenta, la ejecutiva, la senadora, la alcaldesa, la concejala y similares. Sin embargo, las fuerzas conservadoras de distintas sociedades hispanoparlantes se resistieron férreamente al empleo de estas palabras. El argumento que esgrimían con más frecuencia era que el sustantivo masculino supuestamente “engloba”, “abarca” o “incorpora” al femenino, de modo que –según este punto de vista– una mujer es abogado, nunca abogada, palabra supuestamente “innecesaria” o incluso “inexistente”.

Los hablantes, haciendo uso de su soberanía lingüística, no hicieron caso a estos argumentos, y siguieron impulsando el cambio. O, mejor dicho, siguieron hablando como mejor les parecía, hasta que la lengua cambió a nivel de sistema. Y el resultado está a la vista: en Chile, por lo menos, hoy en día se escucha muy rara vez la abogado, la senador, la ingeniero, la presidente, etc.

Quedan sólo unos pocos casos limítrofes que se resisten a esta tendencia, como la cantanta, que parece no usarse casi nunca en en estos lares: sólo figura 281 veces en Google (y varios de estos resultados son erróneos: por algún motivo, Google insiste en incluir “la cantanta [sic] Santa María de Iquique” en los resultados).

Es probable que tarde o temprano empecemos a decir también la cantanta, tal como algunos peruanos ya lo hacen, y que las demás excepciones caigan en el camino. Esto, por dos motivos.

Primero, porque se trata de un cambio regularizador de la lengua: en el castellano, casi todos los sustantivos que se refieren a personas de un determinado sexo biológico (masculino o femenino) tienen el género gramatical correspondiente (también masculino o femenino). Hablamos de el despistado, la indignada, el perdedor y la ganadora; jamás de la despistado o la perdedor, y menos de el indignada o el ganadora. Casos como “esta abogado” y “una ingeniero” constituyen verdaderas aberraciones: están compuestos de un determinante femenino (la, una, esta, esa, nuestra, etc.) y un sustantivo masculino (abogado, ingeniero, etc.), cosa que simplemente no cuadra con el patrón general de la lengua. Decir la abogada le devuelve al sistema su simetría y regularidad.

Un segundo factor que sin duda aportó al éxito del cambio es el hecho de que es tan eficiente como la alternativa: no cuesta más decir la abogada que la abogado. De lo contrario, podría no haber prosperado.

 

niños + niñas = ¿niños?

Pero hay otra batalla que está lejos de concluir. Se trata del uso de un sustantivo masculino en plural (los alumnos, los diputados, los chilenos, los ciudadanos) para referirse a un grupo mixto, compuesto tanto de hombres como de mujeres.

En los últimos años, esta práctica –que sin duda es de larga data– ha empezado a generar ruido para algunos. Si un grupo contiene hombres y mujeres, ¿por qué deberían mencionarse sólo los hombres? Más aún cuando los hombres son minoría en el grupo, o incluso cuando está presente uno solo. Si se trata de un grupo mixto, ¿por qué no decir niños y niñas en vez de sólo niños?

La postura tradicionalista

Todos ellos están orgullosos de sus logros.

La postura tradicional del hispanismo es que sería innecesario hacer mención de las personas de ambos sexos en estos casos porque los sustantivos de género masculino se referirían a las personas de sexo tanto masculino como femenino. Es decir, tal como sucedió en el caso de los sustantivos de profesiones y ocupaciones (la ingeniero, la abogado), se asevera que lo masculino englobaría lo femenino y, en consecuencia, supuestamente no hace falta mencionar a las mujeres.

Este argumento merece una serie de reparos. En primer lugar, conceptos como necesario e innecesario no son aplicables a las lenguas. ¿Es necesario que el castellano marque el plural con tan alto grado de redundancia (e.g. “Las nuevas técnicas no están aceptadas“)? ¿Es necesario que el alemán distinga el genitivo del dativo? ¿Es necesario que el portugués tenga vocales nasales, que el mapudungun tenga formas duales o que los argentinos usen vos en vez de ? Estas preguntas no tienen sentido. Más provechoso sería preguntar si es necesario que el guepardo tenga manchas.

Por otra parte, la postura tradicionalista busca apoyarse en el hecho de que género no es lo mismo que sexo (a menudo tratando a las personas que dicen “niños y niñas” de ignorantes, incultas y estúpidas o de políticamente correctas… ¡este tema sí que despierta pasiones!). Ahora bien, es cierto que género gramatical y sexo biológico son conceptos distintos. Todos entendemos que una guagua (sustantivo de género gramatical femenino) puede ser de sexo masculino, que un bebé (género gramatical masculino) puede ser de sexo femenino, y que ni el lucro (género masculino) ni la corrupción (género femenino) tienen sexo.

Pero, a la vez, está claro que cuando se trata de seres humanos, el género gramatical y el sexo biológico casi siempre coinciden (guagua y bebé son excepciones precisamente porque se refieren a seres todavía asexuados). Este hecho es lo que impulsó la adopción –ya casi universal en Chile– de sustantivos de género femenino para personas del sexo correspondiente (la abogada en vez de la abogado). Y es probablemente uno de los factores que ha llevado a cuestionar la idea tradicionalista de que en los plurales, las mujeres estarían automáticamente presentes aunque sólo se hable de los hombres, ya que cuando nos topamos con un sustantivo de género masculino referido a personas, tendemos a pensar que las personas son hombres. Negar la estrecha relación entre el género gramatical y el sexo biológico en el caso de los seres humanos es pecar de ingenuidad.

No usarás el futuro del subjuntivo en vano.

Finalmente, la postura tradicionalista hace caso omiso de los hablantes y de la sociedad, de dos maneras distintas. Primero, concibe la lengua como un ideal platónico, una entidad independiente de los hablantes (¡ubicada quizás dónde!) que sería inmutable y perfecta, y que tendría su propio “espíritu” o “genio”. Según este punto de vista, sumamente popular en el siglo XIX y todavía considerado de punta por más de un hispanista, los hablantes no deberían tener participación alguna en la constitución y desarrollo de su propia lengua. Todo lo contrario: los hablantes deberían limitarse a reproducir el castellano platónico (llámese norma culta, español estándar, o lo que sea) y rechazar todo cambio no oficialmente aprobado por la Real Academia Española (dado que las academias subsidiarias han renunciado a la posibilidad de actuar de manera independiente, no vale la pena considerarlas).

Con esto, se está tratando de usurpar la soberanía lingüística de los hablantes, que son los creadores y dueños de la lengua. Realmente cuesta concebir el descomunal grado de patudez que esta gente demuestra al autoproclamarse dueños y soberanos de todo un idioma, pero ahí está.

Segundo, la postura tradicionalista se basa en la idea de que la lengua no tendría relación alguna con la sociedad. Por citar un solo ejemplo, si un término resulta brutalmente ofensivo para los hablantes, como es el caso de indio referido a los quechuas, aimaras, mapuches y otros pueblos indígenas americanos, ¡ni importa! Hay que seguir usándolo, aunque en gran parte del mundo hispanoparlante sea tan despectivo y violento como el inglés nigger. Y para más remate, habría que evitar los términos no ofensivos, como indígena. Los argumentos que se esgrimen para apoyar este punto de vista son pobres e ingenuos –los decretos de la RAE, la etimología, el logicismo– y tienen en común un singular desdén por los efectos que la lengua puede tener en la sociedad.

Lo mismo sucede en el caso del uso de plurales masculinos para referirse a personas femeninas. Un sector cada vez más grande de la sociedad considera que esta práctica invisibiliza a las mujeres, relegándolas a un segundo plano o incluso eliminándolas por completo del discurso y, por ende, de la consciencia de los oyentes. En consecuencia, algunos han empezado a mencionar las personas de ambos sexos explícitamente: los niños y las niñas, chilenas y chilenos, etc.

Pero los tradicionalistas fruncen el ceño ante estos argumentos y abogan por mantener las prácticas lingüísticas de siempre. Lo social no es una consideración para ellos; lo que vale es la tradición.

 

La postura innovadora

La postura innovadora aboga por hacer mención explícita no sólo de los hombres, sino también de las mujeres, cuando un grupo está compuesto de ambos. Este punto de vista está diametralmente opuesto al tradicional. Por una parte, da gran importancia al papel social de la lengua: reconoce que puede tener efectos en la sociedad y en los hablantes que van más allá de la mera comunicación.

Por otra parte, la postura innovadora parte de la base de que los hablantes son los dueños de su lengua y pueden hacer con ella lo que les plazca. En consecuencia, no reconoce la legitimidad de las personas y entidades que se arrogan el derecho de controlar cómo los demás usan la lengua. A la vez, concibe la tradición como algo netamente histórico que no tiene por qué determinar el futuro de la lengua.

Por lo tanto, la postura innovadora no busca imponer el uso de formas como “los niños y las niñas” desde arriba, mediante dictámenes oficialistas, pronunciamientos de la RAE, gramáticas prescriptivas y similares, sino que intenta implantarlo desde abajo, mediante la concientización de los hablantes.

Así que no hay que hacerse ilusiones: ambos bandos están tratando de determinar el futuro del castellano. Sólo que los tradicionalistas recurren al autoritarismo para tratar de imponer la forma que defienden (también pueden tratar de convencerles a los hablantes, pero sus argumentos tarde o temprano recurren a la autoridad), mientras que los innovadores apelan a los hablantes a elegir libremente la forma que este bando favorece, generalmente con argumentos que apelan a valores como la igualdad de género.

Resumiendo, los tradicionalistas piensan que no existe ningún problema: no se ha mencionado a las mujeres en grupos mixtos históricamente, así que no habría por qué empezar a hacerlo ahora. Los innovadores, en cambio, consideran que la no mención sistemática de las mujeres sí constituye un problema, y que debería rectificarse.

¿Cómo innovar?

Si queremos nombrar explícitamente a las mujeres en un grupo compuesto de gente de ambos sexos, en vez de suponer que su presencia puede deducirse de la presencia de hombres, ¿cómo lo podemos hacer? Es aquí donde los innovadores se topan con un gran problema: hay muchas soluciones, pero ninguna es particularmente eficiente, pocas pueden utilizarse en la lengua oral, y varias de ellas probablemente serían consideradas poco estéticas por no pocos hablantes. Veamos algunas de las opciones para hablar de un grupo mixto de alumnos.

 

l@s alumn@s
lxs alumnxs

Afiche en apoyo de pres*s polític*s.

Estas dos alternativas se ven bastante en internet, y también en rayados, grafitis, panfletos y volantes. Reemplazan las vocales que corresponden al morfema de género (o, a) por la arroba, la letra x u otra cosa (en el afiche a la derecha se usa nada menos que la estrella negra del anarquismo; supongo que Bakunin no se habría opuesto). De este modo, se eliminan las marcas de género y, por ende, toda referencia a un sexo determinado, logrando un trato igualitario para hombres y mujeres.

Lo notable de estas opciones es que son tan eficientes como su competencia: l@s alumn@s no utiliza un solo carácter más que los alumnos. Además, la arroba tiene un valor icónico muy simpático, ya que está compuesta de una a más algo que podría interpretarse como una o. No se podría inventar un símbolo más apropiado, en realidad.

El problema que presentan estas dos alternativas, sin embargo, es grave: ¡no se pueden pronunciar! Por esta simple razón, parece imposible que l@s alumn@s y/o lxs alumnxs trasciendan la escritura para hacerse parte de la lengua (y aquí conviene recordar que la lengua es oral; la escritura no es más que un sistema –totalmente optativo– que busca representarla).

lis alumnis
les alumnes

Estas dos alternativas son bastante exóticas. Consisten en crear un nuevo morfema plural sin marca de género: ie o posiblemente otra cosa. Un fonólogo cubano-americano propuso algo así en una lista de correos hace como 15 años, pero medio en broma; no he visto estas formas “en terreno” nunca.

Esta solución efectivamente resolvería el problema del uso del masculino para referirse a mujeres, y lo haría con máxima eficiencia: no requeriría de un solo morfema más que el plural masculino “englobante”. Además, tiene la ventaja de ser pronunciable, que no es poca cosa.

El único problema de esta alternativa es que su adopción obligaría a cambiar el sistema gramatical del castellano. Y que conste que no estamos hablando de esas reglas arbitrarias que se encuentran en los libros de gramática prescriptiva, del estilo “No reduplicarás los clíticos” o “Úsese el subjuntivo y no el condicional en cláusulas encabezadas por si” (son pocos los hablantes que conocen este tipo de reglas, y menos aún los que las tomen en serio). Por el contrario, estamos hablando aquí de cambiar el sistema gramatical profundo que todo hablante nativo adquirió en su infancia y que utiliza de manera automática e inconsciente. ¡Eso es lo más difícil que hay! Y cuando se da –como en el caso de vuestra merced > vuesarced > vuested > usted, o de ha de cantar > cantará— se debe a procesos espontáneos, y no a dictámenes desde arriba ni a argumentos que buscan provocar cambios desde abajo.

Eso dicho, hay un fenómeno que en una de ésas podría servir como base de un cambio de este tipo, en el largo plazo. Apuesto a que todos ustedes le han escuchado a alguien –probablemente una mujer joven– decir “mis amiguis” o “mis primis”. Estas palabras son notables, entre otras cosas, porque terminan en una i no acentuada, cosa extremadamente rara en el castellano.

Este fenómeno parece operar a través de la apócope del diminutivo: amigo > amiguito > amigui, y de ahí al plural amiguis. Hasta el momento, el proceso parece limitarse a ciertos lexemas; todavía no escucho compañeris ni hermanis, por ejemplo, aunque no descarto para nada que existan. De agarrar vuelo, este proceso podría volverse productivo, capaz de aplicarse a cualquier palabra.

Si eso sucediera, y si las formas resultantes perdieran el valor de afecto que palabras como amiguis parecen tener (cosa que limita su aplicabilidad), tendríamos un morfema -i- que no marca el género y que serviría para formar plurales junto con el morfema plural. Entonces, sería posible decir alumnos (hombres), alumnas (mujeres) y alumnis (hombres y mujeres).

No digo que sea particularmente probable que esto suceda, pero es una posibilidad. El hecho de que el mismo morfema epiceno tendría que adoptarse en los artículos (lis amiguis) y adjetivos (primis simpátiquis), además de los sustantivos, sin duda complica el panorama.

los alumnos(as)
los(as) alumnos(as)
los alumnos/as
los/as alumnos/as
los/las alumnos/as

Estas alternativas se ven con frecuencia en el ámbito educacional. Resuelven el problema mediante la inclusión de ambos morfemas de género, oa. Los recursos específicos que se utilizan para hacerlo –paréntesis o barras oblicuas; la repetición del morfema plural -s,  y/o del artículo– son un poco chocantes en términos visuales, pero se entienden. Sin embargo, estas soluciones obligan a los hablantes a trabajar un poco más, tanto al escribir como al leer. No se trata de un obstáculo insuperable, pero es un punto en su contra, y no va a ayudar a que estas opciones se adopten.

Por otra parte, aunque quizás no se note a primera vista, no está para nada claro cómo deberían pronunciarse estas frases. La segunda y la cuarta, por ejemplo, ¿deberían decirse “los as alumnos as”? Si escuchara eso, francamente no sabría de qué se trata.

el alumnado

El mediquerío te atenderá con profesionalismo y peinados impecables.

Esta alternativa consiste en reemplazar los sustantivos plurales por un sustantivo colectivo singular: el alumnado, el profesorado, etc. A primera vista esta opción parece muy ingeniosa, ya que es pronunciable y eficiente, y es la única que evita por completo el problema de la repetición masiva de toda palabra con morfema de género (determinantes, sustantivos y adjetivos). Es decir, nadie en su sano juicio va a decir:

Los alumnos nuevos nacidos después del 1 de enero de 1985 y las alumnas nuevas nacidas después de esta misma fecha.

Y nadie sabría cómo decir:

Los/as alumnos/as nuevos/as nacidos/as después del 1 de enero de 1985.

Una frase como El alumnado nuevo nacido después del 1 de enero de 1985, en cambio, probablemente suena medio raro, pero si se adoptara esta solución, los hablantes se acostumbrarían y frases como ésta dejarían de llamar la atención.

El carabinerado detuvo a un integrante del manifestantal.

El gran problema que enfrenta esta opción es que el castellano tiene muy pocos sustantivos colectivos, y los mecanismos para crearlos ya no son productivos. La gran mayoría de estas palabras se refiere a animales o cultivos: rebaño, bandada, trigal, pinar, etc. No está nada de claro cuál sería el sustantivo colectivo para distintos grupos de personas: el carabineradoel academiqueríola pokemonada y el poetal son –quizás– técnicamente posibles, pero seamos honestos… nadie va a usar estas palabras.

En todo caso, aunque encontráramos la manera de acuñar más sustantivos colectivos, en la práctica tendríamos que inventar uno  para cada sustantivo plural, y eso simplemente no va a suceder: implicaría un descomunal esfuerzo.

 

los alumnos y las alumnas

Esta alternativa es muy común en el mundo de la educación. Consiste en repetir la frase nominal referida a hombres en su versión femenina: ciudadanas y ciudadanoslas profesoras y los profesores, etc.

Esta solución es sumamente pronunciable, que es un punto en su favor. Pero a la vez, es la menos eficiente de todas las alternativas. En comparación con el tradicional los alumnos “englobante”, por ejemplo, implica pronunciar el doble de sílabas más una (la conjunción y). Y eso pesa. Tanto así, que cuando se usa esta fórmula, rara vez se mantiene a lo largo del escrito: típicamente, se parte con algo así como Estimados académicos y académicas, pero dentro de unas pocas oraciones se termina refiriéndose sólo al masculino (Todos ustedes están inscritos en el sistema).

¿En qué va a terminar todo esto?

El abandono de los sustantivos masculinos singulares referidos a mujeres (la abogado, la senador, la ingeniero) fue producto de un proceso esencialmente lingüístico y espontáneo: nació del deseo de regularizar una serie de inconsistencias que iban en contra de dos tendencias generales del sistema: (i) a determinante femenino (la, una, esta), sustantivo femenino (abogada, presidenta, senadora), y (ii) a ser humano femenino, sustantivo femenino. (Este mismo impulso regularizador es lo que lleva a algunos niños a decir cosas como el comunistoel poeto). El hecho de que el cambio no implicó un esfuerzo adicional por parte de los hablantes seguramente le ayudó a imponerse.

Muy distinta es la situación del uso de sustantivos masculinos plurales para referirse a grupos mixtos (los alumnos para referirse a alumnos y alumnas). El impulso detrás del abandono de esta costumbre es netamente sociopolítico: el deseo de dar un trato igualitario a las mujeres. Por lo tanto, quienes comparten este valor van a tender a adoptar el cambio (los alumnos y las alumnas para referirse a grupos mixtos), mientras que quienes no lo comparten van a seguir con la práctica tradicional.

Por otra parte, todas las alternativas a la fórmula tradicional presentan falencias importantes: algunas no pueden pronunciarse (l@s alumn@s, los(as) alumnos(as)los/as alumnos/as); otras implican la creación de un número potencialmente infinito de palabras que van a resultar ridículas para muchos (abogadal, senadorío, choferado); y la solución que parece ser más viable, por ser pronunciable y por no requerir de la creación de nuevas palabras (los alumnos y las alumnas), es también la menos eficiente de todas, ya que implica repetir gran cantidad de palabras.

Así las cosas, parece difícil que se abandone el masculino “englobante” más que esporádicamente.

Difícil, pero no imposible.

Y digo eso por la niña que mencioné al comienzo de esta columna. Cuando le dije que no había niños en la casa y me preguntó en seguida si acaso había alguna niña, reveló algo muy interesante: en su clasificación mental, niños y niñas conforman categorías distintas; la categoría niños no subsume la de niñas. Concretamente, cuando le dije que no había niños, entendió que no había niños hombres; según su interpretación, no me había referido a la posibilidad de que hubiera niñas mujeres. Por eso me preguntó explícitamente.

Esto casi seguramente se debe al uso frecuente de palabras distintas para hombres y mujeres en el sistema educacional: las expresiones alumnos y alumnas, niños y niñas, profesores y profesoras son pan de cada día en ese entorno. Así las cosas, es de esperar que cada vez más personas, partiendo con los niños de hoy, compartan esta nueva categorización mental (nueva para el castellano, por lo menos).

Y si eso pasa, la presión por buscar una solución al uso del masculino plural para referirse a grupos mixtos sólo va a ir en aumento.

O sea, hay pelea para rato.

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