Usnavy. Este es probablemente el nombre más exótico de la historia. Según la leyenda urbana, así fue bautizado un niño -¿o niña?- luego de que su madre viera recalar en la costa a un barco con la llamativa enseña “U.S. Navy” (marina de los Estados Unidos).

Si bien parece ser una historia verídica cubana -hasta BBC la documenta- es narrada como propia en casi todos los países latinoamericanos. Para evitar bautizos que luego sean objeto de burlas, el presidente venezolano Hugo Chávez tuvo hace un lustro la idea de reducir el stock de nombres a solo cien.

“Nombrar a una guagua es la única oportunidad para la mayoría de la gente de elegir cómo algo va a ser llamado”, sostiene el psicólogo canadiense Steven Pinker en su libro superventas “The stuff of thought” (“El mundo de las palabras”, 2007). Y es cierto: la mayoría de nosotros solo tendrá esa oportunidad para elegir una palabra de entre las centenares de miles que hay en cada idioma, sin contar toda la gama infinita que se puede inventar.

Los lingüistas vienen estudiando este problema desde hace décadas y han encontrado algunos patrones interesantes de cómo son bautizados los hijos en todo el mundo.

Alerta de huracán

Los huracanes son uno de los fenómenos más devastadores de la naturaleza, pero también tienen un efecto curioso: los nombres de los niños. Varios sitios de internet dedicados a orientar sobre la elección de nombres para guaguas reportan que tras cada huracán que azota a EE.UU., el nombre de la tormenta se vuelve popular durante años. Es el caso de “Andrew” (1992), “Hugo” (1989) o “Floyd” (1999). Habrá que ver cuántas “Sandys” nacen a mediados del 2013.

Es posible que estas coincidencias sean meramente anecdóticas: en varios casos, los “nombres de huracanes” son elegidos para los bebés antes de que las tormentas azoten. El fenómeno es análogo al de los nombres de las celebridades. Según Stanley Liberson, en su libro “A matter of taste”, el nombre “Marilyn” ya estaba en decadencia cuando Norma Jean Baker lo adoptó como chapa artística. Los “peaks” o “trendings” de nombres suelen producirse con anterioridad a que aparezca algún famoso portándolo.

¿Por tantas treintonas se llaman “Carolina”?

Uno grupo de estudiantes de lingüística de la Universidad de Chile realizó hace algunos años un simpático experimento. Eligieron fotos de personas caracterizadas como viejos, lolos, mujeres de mediana edad y otros; al mismo tiempo, seleccionaron diversos nombres. Les pidieron a los sujetos del experimento que parearan los nombres con las fotos. Y casi todos los emparejaban de la misma manera. Piense usted mismo qué tipo de persona se imagina si se llama “Igor”, “Pedro Pablo” o “Rosa”.

Ello ocurría porque los nombres se suelen asociar a ciertas características como la edad o clase social. Respecto a la edad, por poner un caso, es más o menos obvio que una mujer que se llame “Eduvigis” sea octogenaria, que si se llama “Carolina” tenga unos treinta o cuarenta años, que una “Camila” sea veinteañera y que si se llama “Antonella” esté en el sala-cuna. Steven Pinker hace notar que estos ciclos son recursivos, o sea, vuelven una y otra vez: una “Agustina” puede ser una abuelita o una niña recién nacida.

“Krishna” no es tan original

Gureckis & Goldstone (2009) presentan una investigación que descubre que los nombres suelen ser simultáneamente decisiones individuales y colectivas. Cada familia puede creer que su “Renata” o “Krishna” es única; hasta que llegan a buscarla al jardín infantil y las tías le preguntan: “¿Es la Krishna Sanhueza o la Krishna Domínguez?”. Eso, porque en los bautizos se producen tendencias que se refuerzan en el tiempo: un primer grupo, de prestigio, elige un nombre innovador y al poco tiempo es plagiado por otros. De ahí que haya lotes de “Valentinas”, “Sofías” e “Isidoras”.

Pistas para elegir en Chile

Gracias a una pequeña investigación sobre los nombres más comunes en Chile en la última década, hemos hallado ciertos patrones. Recordemos, eso sí, que los nombres evolucionan y lo que en una época es grito y plata puede desvanecerse fácilmente.

Hay nombres que parecen no ser influidos por las modas: Javiera y Catalina, dos denominaciones históricas -por Javiera Carrera y Catalina de los Ríos y Lisperguer, La Quintrala- suelen estar siempre en los primeros lugares del ranking del Registro Civil y atraviesan a todas las clases sociales. En varones ganan Benjamín y Sebastián.

Está entrando con fuerza la extranjerización italianizante en los nombres de las niñitas y la búsqueda de raíces originarias: Martina y Antonella; Rayén y Millaray.

Las “eles” y las “erres”. La mayoría de los nombres que se usan tienen una de esas letras. Piense en el suyo propio, le apostamos que tiene una.

Las tres sílabas. Los nombres que se pueden cantar con facilidad en el “Cumpleaños Feliz” cumplen ese formato. Imagínese cantando “Feliz cumpleaños… Maximiliano… que los cumplas feliz”.

No olvide pensar en los sobrenombres: algunas denominaciones de bautizo se prestan para escarnio. Otras tienen más de un sobrenombre: Ale y Jana para las Alejandras, Maida y Mane para las Magdalenas, Fran y Pancha para las Franciscas. A menudo estos motes se diferencian por grupo social.

 

Publicado originalmente en LUN Reportajes, 2012-11-11: Página 1, Página 2.

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