Carlos Tromben (a.k.a El Economista Marginal) nos acaba de enviar este penetrante artículo que contesta a una de las preguntas que todos los que no tenemos sueldos reguleques nos hacemos:

¿Por qué los jugadores Fútbol ganan más de lo que usted y yo ganaremos en nuestra vida?

Por Carlos Tromben

Los niños-prodigio de la generación Bielsa ganan en promedio 75 millones de pesos al mes. Más de lo que Leonel Sánchez, Carlos Caszely o incluso Elías Figueroa ganaron en toda su vida profesional. Lo mismo se puede decir de Kaká en relación a Pelé o Messi vs. Maradonna. Extremando el argumento, los royalties de Luis Sepúlveda, en moneda real, hubieran podido financiar dos o tres de las revoluciones anarquistas con las que soñó en su momento Manuel Rojas. ¿Qué pasó durante el siglo XX para que los ingresos del talento deportivo y artístico se hayan multiplicado en tan demente proporción?

Un artículo reciente de Malcolm Gladwell en The New Yorker (“Talent Grab”, 10/2010) da varias pistas.

Es la historia de Marvin Miller, un economista de la AFL-CIO (la CUT estadounidense) que logró alterar la relación de poderes entre los jugadores de béisbol y sus empleadores. Hasta ese entonces los jugadores firmaban contratos con cláusulas especiales en que cedían a perpetuidad sus derechos de imagen a los clubes, renunciando además a toda injerencia en sus planes de salud y jubilación. Miller se hizo cargo del sindicato de jugadores y los convenció (no sin dificultad) de que la proporción que obtenían de los ingresos de cada club era absurda. Bastó una huelga para que los dueños cedieran. Hoy, como en otros deportes, los grandes jugadores firman contratos por US$ 20 millones anuales. Es lo normal.

Como también era normal durante casi toda la postguerra que un profesional, abogado o ingeniero (incluso un gerente) ganara una fracción de lo que ganan sus pares hoy en día. Era la época en que efectivamente existía un contrato social entre empleadores, trabajadores y capitalistas en toda la economía. Pero en 1973 todo cambió: La OPEP cerró la llave del petróleo durante semanas, Nixon desahució el patrón oro, en Chile se instaló el primer experimento económico neoliberal. Lo que vino después es sabido: las empresas fueron privatizadas, los impuestos y los aranceles cayeron, la producción industrial se comenzó a transferir al tercer mundo; la baja inflación se transformó en bajos intereses, todo el mundo compró bienes raíces, florecieron el turismo y el ocio, y las grandes capitales se transformaron en centros financieros y mediáticos donde todos quieren estar.

Modelos relacionales y las figuritas del mundial

Según la teoría de los modelos relacionales, del antropólogo Alan Page Fiske, existen cuatro modelos según los cuales los seres humanos interactúan y coordinan sus acciones: Communal sharing (CS); Authority Ranking (AR), Equality Matching y Market Pricing (MP) (1).

Una comuna es un malón, mientras que el matching igualitario es un trueque tipo quid pro quo (nuestros hijos son compañeros de colegio: yo los voy a buscar y tú a dejar). En los precios de mercado los términos del intercambio están sujetos a negociación. Y la jerarquía por autoridad es un sistema en que los superiores se apropian y cooptan los recursos según su parecer, aún cuando tienen cierta responsabilidad pastoral de proteger a los inferiores.

“Los mismos modelos son los marcos fundamentales del juicio moral: trata los sufrimientos y necesidades de los demás como si fueran los tuyos, haz lo que los dioses o tus mayores te ordenen, trata a cada persona por igual, o entrégale a cada persona en proporción a lo que se merece. Los humanos usan estos mismos cuatro modelos de coordinación para organizar prácticamente todos los aspectos de cada dominio social” (1).

Los cuarentones de hoy, que juntábamos láminas de los jugadores del mundial de Alemania 74 ignorábamos que a estos no les llegaba nada de lo que gastábamos en coleccionar sus melenudas estampas. Miller convenció a los beisbolistas estadounidenses que esto era inmoral. En la realidad global del fútbol, el año clave es ese 74 cuando la FIFA pasa a manos del brasileño Joao Havelange y se transforma en una máquina de marketing. Con televisión vía satélite, los jugadores pasaron a ser elementos de branding de Adidas, Coca Cola, y un creciente etcétera en el que hoy priman los asiáticos. En la terminología de Fiske, en el deporte imperaba (hasta los 70) la autoridad jerárquica de los dirigentes; con la crisis del 73-75 y el big bang neoliberal, llegaron el mercado y (supuestamente) la negociación.

Pero la realidad económica del deporte es todo menos un mercado clásico de oferta y demanda. Como botón de muestra tómese Gran Bretaña: mientras el gobierno de James Cameron anuncia el cierre de decenas de bibliotecas públicas y la privatización de toda la riqueza forestal (tácito reconocimiento de un estado en quiebra), el pase de Fernando Torres ha sido comprado por el Chelsea en US$ 80 millones. El equipo londinense, propiedad del millonario ruso Roman Abramovich, perdió US$ 113 millones el año pasado. La liga inglesa es lejos la que más dinero mueve, incluyendo publicidad y lo que pagan los abonados al cable, y los equipos en su conjunto debe US$ 4.800 millones, según el último informe de la UEFA (2).

Cobra más sentido si aplicamos el equilibrio de Nash. Este concepto, utilizado en teoría de juegos para analizar el resultado de la interacción estratégica entre varios actores independientes, podría asimilar la temporada de traspasos futbolísticos a una carrera armamentista. Barcelona y el Real Madrid son como potencias de la guerra fría que compiten año a año por espectaculares fichajes, sin medir los costos económicos y, muchas veces, sin siquiera obtener resultados deportivos. El Real no gana una Champions hace diez años. Campeón de todo lo posible y aún más, el Barcelona perdió 77 millones durante el ejercicio 2009-2010, mientras que Leonel Messi ganó US$ 44 millones. Si esto es un market pricing según la teoría de Fiske, el capital no sólo ha perdido la partida frente al talento: se ha rendido.

Jason Winfree y Rodney Fort, dos economistas de la Universidad de Michigan, crearon un modelo basado en el grado de apertura de los mercados deportivos para explicar los niveles de ingreso de los deportistas y la posibilidad de un equilibrio Nash: llega un punto en que da lo mismo cambiar de estrategia unilateralmente.

“Nuestro modelo muestra que la elasticidad del talento tiene implicaciones en la paga de los jugadores, el balance competitivo y los niveles absolutos de talento en una liga. En una liga cerrada, el nivel de talento de un equipo depende de las elecciones de inversión en talento de todos los equipos. en una liga abierta, elegir un nivel de talento o un nivel de inversión en talento puede ser una y la misma cosa para cualquier equipo dado” (3).

En otras palabras, pese a que los países limitan el número de jugadores extranjeros, en la práctica la oferta de talento es cada vez más elástica a los precios: suben y suben, y con ellos el número de jóvenes tercermundistas que van por el jackpot infinito. Vivimos en un mundo mejor: podemos ver fútbol todo el día, todos los días, y los jugadores tienen twitter y son los machos alfa, son los ángeles de Rilke de nuestra aldea global.

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